Autor: Jorge Luis Preciado Rodríguez
La frase, atribuida a Porfirio Díaz, ha sido repetida hasta el cansancio. Pero lejos de ser una sentencia derrotista, sigue funcionando como una advertencia geopolítica que México no puede ignorar: la cercanía con Estados Unidos no es una elección política ni una postura ideológica, es una realidad estructural.
México comparte 3,209 kilómetros de frontera con Estados Unidos, la segunda más larga del mundo después de la que ese país tiene con Canadá. No se trata solo de extensión territorial, sino de intensidad: es una de las fronteras más transitadas, complejas y estratégicas del planeta. Por esa franja pasan personas, mercancías, capitales, riesgos y oportunidades todos los días. Ningún otro país mantiene con Estados Unidos una relación tan constante, profunda y multifactorial como México.
Esa relación es, por definición, difícil. Hay asimetrías económicas, diferencias de poder, visiones distintas sobre seguridad, migración y política exterior. Pero también es una relación necesaria e incambiable. Pensar lo contrario equivale a desconocer la geografía y la historia.
El intercambio comercial entre ambos países es uno de los más relevantes del mundo. Las economías están integradas a través de cadenas de suministro que no distinguen fronteras políticas. Millones de empleos en México y Estados Unidos dependen de esa interdependencia cotidiana. A ello se suma el flujo de remesas que envían los mexicanos que viven en Estados Unidos, un componente fundamental para la economía de miles de familias y para el equilibrio financiero nacional.
La migración es otro eje central. México no solo es país de origen, sino también de tránsito y contención de flujos provenientes de América Latina. Esa función —poco reconocida y frecuentemente politizada— tiene un impacto directo en la estabilidad regional. El papel de México como filtro migratorio es un factor clave para que Estados Unidos no enfrente presiones aún mayores en su frontera sur. Esta realidad impone responsabilidades, pero también exige reconocimiento y corresponsabilidad.
En materia de seguridad, la relación bilateral es igualmente compleja. El tráfico de drogas hacia Estados Unidos y el flujo ilegal de armas hacia México son dos caras del mismo problema. Ninguna estrategia puede ser efectiva si se aborda desde una lógica unilateral. La frontera no solo es un tema de crimen organizado; también es una línea sensible frente a amenazas mayores que van desde el tráfico de personas hasta riesgos de carácter transnacional que ningún país puede enfrentar solo.
Todo esto explica por qué México no puede, ni debe, conducirse en su relación con Estados Unidos como si se tratara de un país más en el tablero internacional. Estados Unidos puede tensar relaciones con potencias lejanas, imponer sanciones o distanciarse diplomáticamente de gobiernos con los que no comparte visión. Con México, esa lógica simplemente no aplica. La cercanía física convierte cualquier desencuentro en un asunto inmediato y de alto impacto.
Esto no implica renunciar a la soberanía ni evitar las discrepancias. México tiene derecho a defender sus intereses, a fijar posiciones propias y a discrepar cuando sea necesario. Pero esa defensa debe hacerse desde el realismo, la institucionalidad y la responsabilidad de Estado, no desde la confrontación retórica ni desde la improvisación.
La relación México-Estados Unidos exige conducción seria, profesional y estratégica. No admite ocurrencias ni simplificaciones. Requiere entender que la cooperación y el desacuerdo pueden coexistir, pero siempre dentro de un marco de respeto mutuo y conciencia de la interdependencia.
Porque, al final, la frase sigue siendo cierta: México está cerca de Estados Unidos. No por voluntad política, sino por destino geográfico. Y en esa cercanía se juega buena parte de su estabilidad, su desarrollo y su futuro.






